No sé nada de Ruth: VII. WALK ON A WILD SIDE


A Quique, el único escritor que conozco, y a Valmont, amigo y compinche de embustes.

Finalizados los innecesarios preliminares jamás iniciados, guardemos la pólvora a buen recaudo, en este bendito país al Norte de la Madrileñísima la humedad cala los huesos y malbarata lo inconsistente, superfluo y sumamente redundante, aunque de entre los delirios de este fósil rebrote de vez en cuando alguna tormentosa recapitulación, que bien actúa descansando entre los restos de la mugre, entreverada entre los residuos no orgánicos, porque de tal naturaleza es su repulsiva esencia y su tendencia natural, el eterno retorno a origen, vil, corrupto, despreciable y nauseabundo. Pero dejemos de lado la poética y abandonémonos sin profilaxis a la cruel honestidad, reconozcamos que ciertas horas son para encontrarse solo bebiendo mezcal, magnífica alternativa a la recua de pérfidos ególatras viscosos que solo ansían nuestra compañía en un fútil intento de esquivar el abandono, alejados del deseo de nuestra paciencia, comprensión y siempre muy incierta sabiduría. Asumamos pues, que cierta parte de uno anhela la monotonía, rigurosas pautas que desvelen el tamaño de nuestro enemigo y la intensidad de nuestro esfuerzo, la aventura vació todas sus energías aquella noche en la que despedimos al cadáver de la estupidez en aquel panteón de las causas prohibidas, donde se pudren tus huesos y marchitan tus únicas flores de homenaje, las de tu sepelio. Seamos rectos pues, desnudemos nuestra alma acatando que mantenemos ciertas dudas acerca de la imagen que nos devuelve el espejo, la de ese desconocido que nos recuerda vagamente a uno mismo en otra época, mucho más joven, más enérgico pero tan airado como siempre, al fin y al cabo nos hace recordar el lobo que algunos llevamos dentro, pero que felizmente se encuentra a buen recaudo…Hecha esta aclaración, prosigamos con el triste cuento.


A finales de los años sesenta Estados Unidos envía tropas al remoto pais del Vietnam. El objetivo no es otro que mantener su poder de influencia en el sureste asiático. Miles de jóvenes de todos los estados integrantes del país-continente son reclutados y enviados a luchar a un lugar tan remoto como agreste. Este hecho produce una fuerte conmoción social, no solo porque intervenir en un conflicto bélico vaya a suponer una importante merma de efectivos humanos, tiempo hacía ya que algo olía a podrido en el seno de la mal denominada democracia americana, la libertad que vendían como estandarte solo era el placebo con el que entretener las mentes de los individuos para poder manejarlos y perpetuar un cínico e irresponsable sistema político-social. Surgen los hippies, jóvenes de alto estatus hastiados de un modelo déspota y dictatorial creado por sus masónicos progenitores, y abandonan las piscinas de Beverly Hills para hacer la revolución, que palabra tan preciosa. Sus armas, las flores y las palabras, el LSD y el amor libre, sus consignas. El fenómeno hippie nace y fracasa en la costa Este, los que entonces se lanzaron a las calles como réplica justa a una imposición discriminatoria y deliberada, hoy solo las visitan en lujosas limousines guiadas por negros sureños ataviados con impecables uniformes de chofer. El espíritu de Woodstock rápidamente fue olvidado, pero es justo y necesario reconocer que de no mediar ese motín, es posible que el pais del Tío Sam no abandonase la conflagración del Vietnam hasta conseguir salir vencedor de la misma, aunque apenas nada cambió en la estructura, la hipócrita doble moral prosiguió perpetuándose en Norteamérica y la revolución fracasó estrepitosamente.

Sin embargo, no todo fueron los hippies. En Nueva York se desarrolló otra línea crítica, si cabe mucho más realista y sin duda, mucho más creativa, The new wave, "La nueva ola", que poco o nada tuvo que ver con aquellos y su modo de observar y diseccionar los acontecimientos. The Velvet Underground, "El Terciopelo Subterráneo”, fue el máximo estandarte de aquella nueva tendencia. Apadrinados por el padre del Pop-Art, Andy Warhol y con Lou Reed acaudillando la vanguardia artística alejada de las frívolas cintas y florecillas, nació una lírica que cortejaba a la oscuridad y mediante el pesimismo, clamó a voz en grito por un verdadero New Deal, una consternación que se identificaba con una dolorosa y trágica autenticidad que atenazaba a sus creadores. Lou además, detestaba a los hippies: Mientras éstos trasladaban mensajes de amor y concordia, increpaba a una sociedad dormida para que reaccionase y disipase sus miedos y prejuicios. El movimiento hippie suponía para él un paso adelante en la evolución de una estructura demacrada, tal vez, una reacción coyuntural ante un acontecimiento aislado como una guerra, pero carente de vigor y la inteligencia necesaria como para tratar de concienciar a la sociedad norteamericana del calado de sus problemas. El Vietnam y el fenómeno hippie habían crecido juntos de la mano, pero la rebeldía propuesta era inestable, sobre todo, sin perspectivas de futuro por su inconsistencia de origen, el modo de vida propuesto por aquellos jóvenes de realengo acomodado languideció producto de la negación de su propia naturaleza, pretender que el ser humano no fuese egoista e interesado sin duda, fue partir desde una premisa errónea o cuanto menos muy ilusa.

Por otra parte, Reed, como la mayoría de los jóvenes del momento, no permaneció ajeno a las drogas y al alcohol, por ello, la moralista sociedad que lo oprimía no se demoró en ensuciar su poesía mixturándola con la privacidad y el corrupto papel couché, fuente inagotable de ingresos a muy bajo coste económico e intelectual. La sociedad capitalista desarrolla mecanismos autoprotectores frente a ideas o individuos que atentan contra su estabilidad y pervivencia, vivir en el lado salvaje tan al margen de valores tan clásicos como absurdos, resulta intolerable para la trasnochados pilares de las sociedades aparentemente desarrolladas. Así fue, El cuarto poder se reveló como el instrumento idóneo para mostrar a Reed como un ser enviciado y perverso logrando distraer la atención de las mentes más sumisas, adoradoras de una jerarquía aceptada y jamás cuestionada. Se trataba a toda costa de lograr que sus mensajes de advertencia resultasen a los ojos de los necios, encargos de un pobre yonqui desvariando para evitar el calado del mensaje. Ese papel de estrella de rock sumamente sombrío y aterrador llegó a apasionar a Lou, que decidió meterse en la piel de ese personaje que la prensa había creado para él. Algo similar me sucedió en aquellos años tan destructivos, había creado un héroe por el que sentía fascinación y me dominaba el lado siniestro de ese comediante que antes había atrapado a Reed y tantos otros. El Lobo dirigía mis acciones y no podía dominarlo, me encontraba en un punto sin retorno, todo lo que hacía parecía irremediable y me estaba dejando cortejar por el lado salvaje: Walk on a wild side.

Amagué con incorporarme sin llegar a conseguirlo. Mi cerebro envió la orden al resto del cuerpo que hizo caso omiso a los estímulos eléctricos del lúcido órgano, se encontraba más allá del dolor, en ese purgatorio físico en que la fatiga se encuentra tan arraigada que notamos cada centímetro de piel y los latidos de nuestro corazón ahogándose sin necesidad de tomarnos el pulso. Comprobada la minusvalía, continué reposando entre las horribles sábanas de franela naranja con las que mi madre me había obsequiado en mi último cumpleaños para que no pasara frío durante el Invierno. Recapitulé sobre lo sucedido en el primer fin de semana del mes de Noviembre. Los acontecimientos se sucedían tan precipitadamente que apenas disponía de tiempo para estudiarlos, apenas unos breves soplos en cada despertar: En cuarenta y ocho horas había agarrado dos borracheras homéricas, como comúnmente suele decirse, ido de putas, conocido a dos profesionales del ramo e incluso besado a una de ellas, con la que me había citado ese Domingo que tan agotado me apreciaba, extraordinario, me estaba cubriendo de gloria. No cabía duda de que me estaba engarzando en la mismísima boca del lobo, en un mundo tan desconocido para mi como peligroso, del que insisto, era un total apócrifo. Discernía como había llegado a tal extremo, pero lo que me preocupaba en aquellos momentos era encontrar la salida de emergencia, mi instinto dirigía cada uno de mis pasos y derogaba las sabias recomendaciones de mi poco común sentido común, valga la redundancia. La oscuridad me atraía sin remedio, me sentía realmente bien experimentando en ese nuevo mundo. No cabía marcha atrás, cuando los huesos dejasen de dolerme me levantaría a comer algo, tomaría un baño y cogería las llaves de la moto para ver a Mar.

Por segundo día consecutivo me tocó almorzar solo, natural considerando que eran más de las siete de la tarde. Las albóndigas que habían sobrado del almuerzo eran nauseabundas, no había otro calificativo con el que adjetivarlas con mayor fidelidad. Un bocadillo de chorizo de Pamplona sació mi insuficiente apetito y tras un baño reparador, saqué la moto del garaje, pero como no me gusta ir a casa de nadie sin al menos como los recién nacidos, llevar una barra de pan bajo el brazo, me detuve a recolectar víveres en la Estación de servicio de Las. Una botella de Jack Daniels le pareció excesiva a mi bolsillo, que sin embargo rechazó adquirir cualquier whisky venenoso, un Johny Walker no estaba nada mal, bueno, bonito, barato. Realizada la compra conduje hasta el chalet sin apresurarme, de seguro la morena de rasgados ojos había aprovechado el día para recuperarse de la copiosa faena de toda la semana y era muy posible que todavía se encontrase recuperando fuerzas durmiendo. Aparqué justo frente a la casa donde había abandonado a la princesa unas horas antes, saqué el fardo del compartimiento de la Vespino y llamé al interfono. Salomé, con la voz evidentemente quebrada me saludó y acto seguido abrió la puerta.

El chalet resultaba engañoso desde el exterior, generaba ilusorias impresiones sobre su dimensión. Aparentaba ser muy espacioso y amplio, pero la realidad era bien distinta. El interior se componía de un atrio principal, con el que comunicaban las restantes partes del inmueble, un par de minúsculas habitaciones, el no menos diminuto fogón y el cuarto de aseo liliputiense. Al menos era acogedora valoré, supongo que es lo verdaderamente importante de un hogar por improvisado y puntal que sea. En uno de los sillones del salón yacía tumbada Salomé, luciendo unas de esas batas orientales con motivos japoneses bordados en ambas mangas de la túnica malva que la ceñía. Algo en ella despertó mi interés, algo difícilmente explicable. Su belleza se manifestaba ajada contemplada a la luz del día, su rostro aniñado se presentaba repleto de años, marchito y mustio de lustros, la carne de sus brazos pendía menopáusica y la dudosa valoración de edad que le había atribuido, despejaba la duda de cualquier atisbo de juventud. Lolita semejaba ser una criatura expresamente creada para morar en la noche, la reina del Pireo solo gobernaba bajo las tinieblas de la nocturndad de los perdidos y desesperados, en su monarquía de derrota y desolación.

- ¿Qué tal Christian?- se interesó Salomé zarandeando la Cobreiroá que pendía de su mano izquierda-¿Y tu amigo El Largo?
- ¡Ehmm!- Titubeé todavía inmerso en mi hallazgo.- No lo sé, no hemos hablado hoy.
- Bueno, ya aparecerá, siempre lo hace.
- ¿Y Mar?
- Ha ido a comer una hamburguesa, no tardará. ¿Qué traes en esa bolsa?
- Una botella de whisky.
- ¡Olé!, pues no pierdas más el tiempo y vete a la cocina a por un par de vasos con hielo- Sugirió Salomé incorporándose-
- Entiendo pero, ¿Donde está la cocina?
- Como los baños de los tugurios, al fondo y a la derecha.- sus deseos se convirtieron en órdenes para mí.-

Acerté a la primera con el bargueño que atesoraba los recipientes de vidrio y sin mayor retardo, rebosando los vasos por los cubos de hielo para suavizar los efectos del Walker, regresé al salón para paladearlo y poco rato después, se unió Mar al improvisado festejo. Desde el momento justo de su aparición pude percibir que despedía un asfixiante aroma a colonia barata de efectos casi tan turbadores como, salvando las enormes distancias, los del vinagracho del Villa, pero a ella se le perdonaba faltaría más. La tentadora morena, distraída, recostó el bolso sobre el cementerio de pitillos, seguramente deshilachados apropiadamente para consumir cannabis, que impedían una correcta visibilidad de la consola que los sustentaba, e ignoró intencionadamente mi presencia en el chalet de Santa Cristina. Antes de emitir vocablo, retomó el útil tratando de hallar un paquete de Lucky, su tabaco preferido, probablemente su específico predilecto. Una vez localizado, cruzando las piernas maliciosamente y concretada la primera calada, fijó sus descosidos ojos en mi, consciente de su más que evidente influencia sobre mi persona.

- Hola, ¿que tal has dormido? —se interesó.-
- Bien, me he levantado hace un rato...
- Se te nota en la cara, supongo que además estarás resacoso - sentenció mientras sus dedos acercaban el cigarro que sostenían para ser humedecido por sus labios.
- Es evidente.
-Bueno…Ponme otra copa para acompañaros.
- Ya era hora de que dejaras de estar tan brusca. – Le reproché- No hizo comentario alguno a mi apreciación.

Apuramos la botella al compás de que las chicas me iban revelando claves de subsistencia cargadas de desapego. Su vida ni era ni había sido demasiado radiante como para custodiar algo de ilusión en sus corazones. Salomé llevaba doce anos en la profesión, desde recién cumplidos los diecinueve, tras haber dado a luz un hijo no reconocido y haber sido lapidada por ello en el hogar familiar por un progenitor tan severo como enfermo, una bestia que propinaba palizas a sus hijos siempre que estaban en desacuerdo con sus designios, terribles éstos para las féminas, que debían consentir cuando al malnacido le viniese en gana. No sé hasta que punto la historia de Lolita era veraz, pero a juzgar por la multitud de cicatrices de su espalda, como nos mostró mientras relataba sus terribles recuerdos, no me hizo titubear a la hora de dar total credibilidad a sus palabras. Los padres de Mar, por su parte, eran alcohólicos, y pronto se vió obligada a trabajar para sacar adelante a sus hermanos menores. Comenzó limpiando casas por unas pocas perras, pero pronto le sonrió la fortuna encontrando ocupación en el aseo de portales y escaleras de comunidades de vecinos de cierta entidad, incluso alguna que otra urbanización de lujo. Precisamente fue en una de ellas donde Hugo se cruzo en su camino cierto día que sacaba lustre a la puerta principal. El condenado proxeneta le reveló las maravillas de la prostitución, de la gran cantidad de dinero que podría ganar efectuando el oficio más viejo y de la cantidad de ciudades que podría conocer ejerciendo. Deslumbrada a sus dieciséis anos escogió una vida que sopesaba más confortable y remunerada que limpiar y fregar suelos.

Tras las confesiones, me quedé mudo. No me acudían las palabras como habituaban. Me parecía absurdo e irreverente narrarles cualquier suceso vivido que no les pareciese irrisorio en comparación con sus vivencias, está claro que los ricos también lloran, pero ante tal panorama tan sórdido y desalentador, creo que opté por la postura idónea, callar antes de meter la pata. Sin embargo para mi alivio, fue Mar quien se interesó por adentrarse en mi asentada vida realizándome un inesperado exhorto:

- Háblanos de esa chica.
- ¿Qué queréis que os cuente?-Pregunté una vez superada la conmoción inicial-
- Como es… -Se intereso Salomé rellenando los vasos con otra dosis de escocés.-
- Fue un error infantil salir con ella, si tuviese la experiencia que tengo ahora mismo ni se me ocurriría. Ella solo se encapricha de las cosas y personas, pero es incapaz de encariñarse con nada ni nadie. Es un vampiro, te chupa la sangre hasta saciar su apetito y luego, te deja tirado. Primero se muestra fascinada por todo lo de uno y una vez lo conoce, se cansa y busca otra persona con la que conseguir su dosis. Creedme, es un monstruo.
- Mucha gente es como ella.- afirmó Mar.-
- Espero que no…
- ¿Se llamaba Ruth?- pregunto Salomé-
- Sí, ¿por qué?
- No lo sé, me suena ese nombre.

Tratando de romper la vorágine pesimista en la que estábamos inmersos, Salomé comenzó a contar chistes de meretrices, lo cual en un primer momento me violentó, pero a medida que su gracejo andaluz me iba haciendo reir, me hizo sentir más relajado, si a ella no le importaba porque tendría que hacerlo a mí. Tras unas cuantas carcajadas la botella de Johny Walker orfanó de contenido, justo cuando el timbre de la puerta comenzó a sonar. Era Iker, el inevitable y entrañable Largo.

Mi amigo portaba todo un cargamento de cervezas, nada menos que cincuenta y seis botes de Rubia de importación holandesa, escondidos en una bolsa del polvo industrial a modo de Papá Noel sobre su hombro. Nos dejo atónitos como sabía que conseguiría de antemano, de ahí su sonrisa de oreja a oreja al comprobar nuestras caras de estupefacción.

- ¡Pero mira que eres salvaje! – Protesté ilusionado.-
- Ya, pero seguro que no sobra una…
- Pero hombre, ¿Como se te ha ocurrido traer tal cantidad?
- Hoy me he levantado con la sensación de ayer no haber bebido lo suficiente.

Aprovechamos el surtido neerlandés para acompanar la emocionante partida de Parchís que tan insistentemente había propuesto Salomé disputar. Mientras las fichas rojas de Iker devastaban todo circulo cuanto se ponía a su alcance, contemplaba detalladamente a Mar, hasta que experimenté la misma sensación que poco antes había advertido en su compañera, el día desmejoraba notablemente su aspecto hasta extremos sumamente sorprendentes, la belleza de las chicas era efectivamente nocturna, eran criaturas de las tinieblas, seres opacos ante la tenue claridad, pero transparentes al derroche solar. Nunca olvidaré el grotesco descubrimiento hecho ese día, ni por mucha imaginación que dicen que tengo podría haber llegado a concebir algo semejante.

Por fin, la noche abrazó Santa Cristina cubriendo con su negro manto los chalets de la zona turística. En el interior de la vivienda de nuestras amigas, la lámpara acristalada del salón ganó en esplendor al surgir la necesidad de encender los focos y de igual forma los rostros asombrosamente quebrados de Mar y Salomé, retomando su hermosura, idéntica o mayor a la de las dos noches anteriores. Tampoco lker y yo permanecimos al margen de crisis, el alcohol una vez más, empezaba a acunarnos con cuidadoso cariño y nuestra faz, dejaba entrever una usual y artificial felicidad. Sobre todo yo acusaba el exceso, ya que aventajaba en unos cuantos whiskys a mi amigo. Mar, también borracha, apoyó su cabeza sobre mis piernas y así logró extenderse horizontalmente en el sillón, y entonces cuando sufrí la segunda metamorfosis del día, empecé a sentirme como una estrella del rock. Allí estaba yo, bebido junto a dos prostitutas a punto de cometer atrocidades, deleitándome con el papel asignado, pese a sentirme sucio y despreciable, acaso ¿de que mejor forma podía hostigar a una sociedad que me incomodaba que resultándole detestable? Adoraba el papel de los últimos días, distante de ser el maldito servidor de Ruth, princesa de los infiernos. Me convertía en una persona que no era, pero me seducía la idea de vivir en la piel de ese dignatario, porque el que me habían adjudicado, había transcurrido por el mundo con más pena que gloria.

Cogí de la mano a Mar y le indiqué que me acompañara a su habitación, sonrió y besó mis labios como solo ella antes había hecho, a fin de cuentas, sabía hacer bien su trabajo. Ni las risas infantiles de lker y Salomé hicieron que desistiera en mis propósitos, íba a comprobar como se follaba con una puta. Profanamos sus aposentos.

La cama no se trataba precisamente de un vulgar catre, ocupaba la estancia al menos en sus tres cuartas partes, de todos modos, me preocupaba más bien poco el espacio, la confortabilidad no alteraría en ninguna manera el resultado final, no saldría del cuarto sin realizar lo que había venido a hacer y tampoco pensaba quedarme a vivir allí toda la vida. La tomé en mis brazos y ella se escurrió para rodear mi cintura con sus piernas y debido al exceso de alcohol en las venas, caímos desplomados encima del colchón, la casualidad quiso añadir un elemento erótico más. A medida que la desvestía la concepción de mi mismo se hizo más terrible y devastadora, me encantaba liberarme de Christian, el pobre imbécil al que una déspota sin sentimientos había dejado para el arrastre. Retozamos bajo las sabanas durante horas poseido por una furia diabólica que gobernaba mis actos, era una bestia salvaje descontrolada y el rencor acumulado durante los últimos meses lo estaba proyectando en Mar, inocente a todas luces de cualquier culpa de mi desgracia. Exhausta, llegó un momento en el que me anunció que no podía dar mas de si, logré dominarme y más sosegado, reposé junto a la pobre chica sin tocarla, que contrariamente a lo que se pudiera pensar, no mostró disgusto alguno por mi actitud tan poco inspirada.

- ¿Llevabas mucho tiempo sin hacerlo, verdad?- preguntó Mar encendiendo uno de mis Chester
-Pues sí.
- La próxima vez estarás más relajado.
- Perdona…
- No te disculpes, me ha encantado.
- ¿Estás segura?
- Por supuesto, soy una profesional.- No lo dudaba, tampoco que su mentiras me decían tanto como sus verdades-

Después de un buen rato contemplando el techo necesitado de una o dos manos de pintura, me quedé dormido, estaba cansado como un mulo después de un día tan agotador. A eso de las cuatro y medía acudió Iker a despertarme a la alcoba. Mientras Mar y yo hacíamos el amor él y Salomé habían dado cuenta de la mayor parte de la cebada de Flandes. Quería marcharse y traté sin éxito de despedirme de la chica con la que compartía cama, pero su sueño era tan profundo que me resultó imposible. La besé en la mejilla, me vestí, y salí del habitáculo acompañado por mi amigo. Salomé no acudió a despedimos lo cual me extrañó, pero no hice preguntas, la parquedad en palabras del Largo aconsejaba un prudente y respetuoso silencio.


3 comentarios:

Anónimo | 12:52 a. m.

A segunda oé oé!!

El Vizconde Valmont | 8:33 p. m.

Por todos los... Bravo.

Anónimo | 9:44 a. m.

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